defiende el enfoque de género

Descentralización no burocratización

Los gobiernos regionales, enemigos del pueblo

Publicado: 2014-07-04

La historia reciente del Perú es un relato de naufragios políticos llenos de líderes improvisados y una falta de institucionalidad de parte de partidos que en muchos casos más se asemejan a organizaciones criminales que a colectivos cívicos. El Estado y más precisamente el centralismo de Lima fue durante muchos años materia de crítica desde diversos sectores sociales en lo que hace algunos años eran considerados departamentos. Fue en el gobierno de Alejandro Toledo en el que la situación cambió. Con el retorno a la democracia luego de emblemática Marcha de los 4 suyos. El autodenominado "Pachacútec", puso adelante un proyecto que en líneas generales iba ser apoyado por un sector amplio de población especialmente fuera de Lima. El 2002 fue el año en el que se promulgó la Ley de Bases de la Descentralización y la Ley Orgánica de Gobiernos Regionales. Ese mismo año fueron las elecciones en los departamentos que se habían transformado en regiones. Desde esos tiempos hubo cuestionamientos al proceso de regionalización pero estaban ligadas a la creación de las regiones más que al proceso en sí. Ya en el primer gobierno de Alan García, existió un proyecto que dividiría en país en 12 regiones. En el 2005 hubo un proceso de consulta para que 16 regiones pasaran a convertirse en 5 macroregiones pero la inciativa fracaso electoralmente. Sin embargo el diálogo no estuvo hasta este año en el cuestionamiento de la existencia de los gobiernos regionales en sí. El caso de César Álvarez en Áncash derramó el vaso de la impaciencia popular contra regímenes corruptos e incapaces que habían sido una inadecuada respuesta al "centralismo" de Lima, se pasó del Pentagonito a la Centralita.

Pero estaría mejor el Perú sin gobiernos regionales. La pregunta parece engañosa y en gran medida lo es. El gobierno de Fujimori para contrarrestar la medida promulgada por Alan García, decidió crear Consejos Transitorios de Administración Regional (CTAR) cuyas autoridades eran nominadas por el gobierno central. Regresar a ese centralismo no es una solución en ningún caso. El gobierno de García propuso un plan en vista de su baja popularidad. El régimen de Fujimori no buscaba competencia electoral. Toledo hasta hoy en día sigue defendiendo la regionalización como parte de su legado. Pero políticos incopetentes y corruptos como el trió antes mencionado nunca tuvieron una visión crítica del Leviatán y los pequeños monstruos que iba alimentando. Humala ha sido incluso más incapaz que los anteriores presidentes en su relación con la regionalización con su aliado en la cárcel y muchos otros presidentes regionales cuestionados no sabe responder a la pregunta del futuro del Estado.

El sueño del reforma del Estado seguirá siendo tópico de los politólogos nacionales por muchos años pero los gobiernos regionales claramente se han convertido en un violento y peligroso órgano de la corrupción estatal. Los gobiernos regionales se han vuelto una traba a un verdadero proceso de descentralización, acumulando el poder en unos cuantos en vez de devolver el poder al pueblo. El nacimiento de un nuevo centralismo es lo que hemos visto. Sería absurdo volver a los días en los que el centralismo limeño reinaba, tan absurdo como señalar que cualquier crítica a la descentralización tiene como fin eso. Solo el pueblo puede declarar su independencia de la burocracia descentralizada.

Desde la izquierda se ha (hemos) hablado del poder popular por mucho tiempo. La construcción de un modelo y paradigma político que no este limitado a los procesos electorales sino a trabajar con las comunidades para que desarrollen su autonomía. Desde los municipios de las grandes ciudades pasando por las comunidades indígenas hasta cada rincón del país deberían ser los habitantes de cada comunidad los que determinen su futuro de manera independiente a un Estado indiferente o regiones creadas más con fines políticos que por otra razón. La izquierda debe repensar su rol con el Estado. No se trata de conquistar el poder sino de construirlo. La verdadera victoria de la izquierda en el Perú no será cuando tal o cuál líder gane las elecciones sino cuando el pueblo este en el poder.


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